Vivir la Fuerza del Espíritu

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Desde pequeña aprendí a vivir la fuerza del espíritu. Cuando tenía cuatro años, mi padre me enseñó a meditar mirando una pequeña flor amarilla. La práctica consistió en prestar total atención a cada detalle de la flor, luego imaginar que me sentaba en su centro y me hacía una con ella. Esa visualización guiada a manera de juego fue muy fácil de hacer y una experiencia de unidad. Recuerdo de niña sentir con intensidad que hay una fuerza vital que lo sostiene todo, que todo está vivo e interconectado; algunos de mis juegos de infancia se basaban en esa certeza. Jugaba flotando boca abajo en el mar suspendiendo la respiración para saberme agua o jugaba respirando al ritmo del movimiento de las nubes que cambiaban de formas y se deshacían mientras las seguía atentamente con mis ojos. El contacto y la observación de la naturaleza son parte fundamental de mi camino espiritual. La vida de toda persona es espiritual en esencia. Diferentes culturas y tradiciones han considerado que somos seres espirituales teniendo una experiencia humana.

También de niña, viví de cerca la enfermedad y la muerte de mi prima de 7 años. Junto con su hermana, eran mis compañeras de travesuras y juegos. Recuerdo la última vez que la vi, poco antes de que dejara su cuerpo físico. Intuitivamente tuve la certeza de que lo que sucedía era un intenso proceso de transformación y que había tanto más que la materia. Los días anteriores y posteriores a su fallecimiento se abrió un canal de comunicación con una fuerza superior. Tuve miedo y tristeza, pero sobre todo profundo respeto y admiración ante el milagroso misterio de la vida y la muerte; también sentí amor y paz.

En la rebeldía de mi adolescencia, al ya no saber qué hacer conmigo, mi padre me llevó a una sesión de meditación zen que me pareció en ese entonces una tortura y una pérdida de tiempo. En esa etapa de mi vida no encontraba sentándome en silencio la tranquilidad que descubrí tan fácilmente de pequeña al ponerme en relación con la flor, el mar, las nubes o la muerte. A mis 15 años era una adolescente crítica con el sistema, inconforme con las injusticias del mundo, muy atormentada, con tendencias autodestructivas y ansiosa de experiencias extremas. Fue entonces cuando conocí a Krishnamurti a través de su libro La libertad primera y última, tomado de la biblioteca de mi padre. Me sentí identificada con su rebeldía hacia todo sistema autoritario de creencias políticas, religiosas, económicas, educativas. Krishnamurti me invitaba a observar mis procesos de pensamiento para reconocer cuánto de lo que criticaba en el mundo estaba en realidad sucediendo dentro de mí.

Las drogas y el alcohol, con los que empecé a experimentar temprano y también dejé temprano, me enseñaron que el cuerpo y la mente perciben distinto de acuerdo a lo que consumo. Así como esas sustancias modifican el funcionamiento del sistema nervioso y por lo tanto la percepción, también lo hacen la comida, lo que unto en mi piel, lo que consumo con mis ojos y oídos, la energía a la que me expongo, porque somos un sistema complejo y refinado de recepción y asimilación de información.

De maneras menos destructivas, otros aspectos fundamentales de mi camino espiritual fueron el arte, los saberes ancestrales andino-amazónicos, las plantas sagradas medicinales. Con esas experiencias fue evidente que mucha vida está sucediendo en planos invisibles, que existen cuerpos energéticos, que tenemos relación con nuestros antepasados. Experimenté el valor espiritual de los ríos, los bosques, los animales y las plantas y entendí que nuestras vidas son el resultado de procesos kármicos individuales y colectivos. Mucho me enseñaron mi abuela paterna, sabias warmi curays indígenas y sobre todo mi madre, quien vive su espiritualidad en forma de paciencia y generosidad sin condiciones con todas las personas.

En el año 2005 conocí el Kundalini Yoga y algo importante sucedió: empecé a practicar todos los días esta técnica física, mental y espiritual. Desde entonces no he dejado de practicarlo cada día. Sin proponérmelo, la práctica fue impactando todos los aspectos de mi vida. Mi cuerpo dejó de aceptar el sabor de la carne, el cigarrillo y el alcohol. Sin sugerencia de nadie, ni juicios morales, mi organismo se tornó más selectivo por necesidad. Era abismal la diferencia de la cantidad y calidad de energía y motivación que de repente estaba a mi disposición, y me resultaba fascinante ser capaz de conseguir eso utilizando los recursos de los que disponía mi propio organismo. Mis amigas me decían que me encontraban más alta porque se corrigió mi postura corporal, se abrió mi pecho y se alineó mi columna; fui también ganando flexibilidad y refiné la capacidad de relajarme profundamente. Al experimentar lo bien que me sentía, coloqué a la práctica como una prioridad de todos los días y conocí posiblemente por primera vez lo que es la disciplina, no como algo impuesto por una figura de autoridad ni decidido desde un lugar rígido o dogmático, era una necesidad biológica para sobrellevar los desafíos de la vida. Respirando y desde el cuerpo, se me hacía más fácil hacer lo que me propuso Krishnamurti a mis quince años, dejar de identificarme con el desorden y la sobrecarga de pensamientos. Limpié mi subconsciente con prácticas de meditación, lo que produjo sanación en el plano psicológico. Nuevamente sucedían el silencio y la unidad que tan fácilmente había experimentado de niña.

La fortaleza de mi espíritu me ha salvado la vida cuando se me ha partido el corazón, cuando he experimentado abusos, relaciones tóxicas, cuando han llegado el dolor, la pérdida o la enfermedad; ha sido el motor de la creación de grandes proyectos artísticos, educativos y sociales. La vida sigue trayendo sus desafíos, pero permitir que la fuerza vital se manifieste a través de mi existencia alivia la tendencia del ego a identificarse con las emociones y pensamientos, con las historias y los dramas, y entonces todas las experiencias son oportunidades para el crecimiento y se convierten en aprendizajes.

Vivir un camino espiritual auténtico ayuda a ser más nosotros mismos, a enfrentar con valentía los retos de la vida asumiendo la responsabilidad de nuestra paz y nuestro bienestar, sin entregar nuestro poder a otros o a las circunstancias. Es el contacto con la fuerza del espíritu lo que nos permite compartir nuestros dones con el mundo. El camino espiritual de cada persona es misterioso, único, íntimo, fascinante y sagrado. La paradoja y la belleza es que le corresponde a cada persona hacerse cargo de su propio camino, a la vez que sabemos que jamás lo hacemos en soledad y si nos sirve solo a nosotros carece totalmente de sentido.

​La noción de que lo espiritual existe como algo separado de lo físico viene de una necesidad intelectual para intentar nombrar y comprender, pero seguro si haces el ejercicio de recordar momentos trascendentales de tu vida, en muchos casos encontrarás que ahí se ha manifestado la grandeza de tu espíritu. Kundalini Yoga es una técnica poderosa para relacionarse con el mundo desde la perspectiva del espíritu, valorando esta experiencia humana. Parte de mi misión consiste en compartir estas enseñanzas tan útiles para la vida.