Vivir la Fuerza del Espíritu
Desde pequeña aprendí a vivir la fuerza del espíritu. Cuando tenía cuatro años, mi padre me enseñó a meditar mirando una pequeña flor amarilla. La práctica consistió en prestar total atención a cada detalle de la flor, luego imaginar que me sentaba en su centro y me hacía una con ella.
